Mi calle
es oscura y torcida,
tiene sabor a Puerto
y nombre de poeta.
Estrecha y sucia,
huele a gente
y tiene los balcones llenos
de ropa tendida.
Mi calle
no vale dos reales:
son cien portales
rotos a pedazos
y una fuente donde
van a beber
niños y gatos,
palomas y perros.
Es un rincón donde nunca entra el sol,
una calle cualquiera.
Mi calle
tiene cinco faroles
para que los chavales
tiren pedradas.
Hay una pensión
y tres panaderías,
y un bar
en cada esquina.
Mi calle
es gente de todas partes
que curra y bebe,
que suda y come,
y se levantan
con el primer sol,
y van al fútbol
cada domingo,
o a pescar mojarras al volantín,
o a jugar un dominó con vino.
Mi calle
es un niño
que va merendando
pan con aceite y azúcar,
y juega a los dados
y a "cavall fort" *,
a veces bueno, a veces borde,
monaguillo y pillo.
Mi calle
del barrio bajo
vive en el cajón
de las peonzas,
con los cromos
y el álbum «Nestlé"
y los trozos
de una vieja estufa.
Y poco a poco se me va estropeando
mi calle.
* Cavall fort: juego infantil de calle
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