El viaje de Muna
con sus delicias turcas nos mantenía atentos.
Recuerdo a los taxistas frente a Bab al-Salam,
esperando a los turistas solían filosofar.
Recuerdo las meriendas de mi amiga Salma,
tomando té y pastas con nuestras mamás.
Recuerdo alguna tarde, tras estudiar un poco,
jugar al escondite por las calles del zoco.
Recuerdo sus olores, sus luces y sus sombras
y todos los colores de sus tiendas de alfombras.
Y mi padre me decía: "Disfruta de cada día"
De pronto el viejo Abbas desapareció,
Lo esperamos muchos días pero nunca volvió.
Poco a poco los taxistas dejaron de trabajar
porque no había turistas a quien transportar.
Dejamos la escuela porque estaba cerrada,
y nuestra maestra un poco asustada.
Llegaron las explosiones, no podía ir a jugar,
mamá susurraba canciones y me abrazaba sin parar.
El zoco ya no olía a menta y azafrán,
no encontrábamos comida salvo un poco de pan.
Y mi padre me decía: "No pierdas la sonrisa"
Un día helado nos subimos a un tren,
dejando el pasado aparcado en el andén.
Nunca olvidaré las palabras que mi padre
dijo entonces mirando el horizonte:
"Recuerda estas calles que te han visto crecer,
sus gentes, sus animales y cada atardecer.
Recuerda este paisaje y no temas, mi amor:
Empezamos un viaje hacia un futuro mejor.
El invierno siempre pasa y llega la primavera
Y todos, pequeña Muna, dormimos bajo la misma luna"
Me acuerdo de mi abuela que debe seguir allí,
cuidando de nuestra casa, "In sha Allah".
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