Los calcetines azules de Elena
Ni el mar ni el cielo tienen azules tan bellos.
Hacen que el cielo llore como una magdalena
y el mar airado se ponga a hundir barcos.
Bien sé que la blusa amarilla de Ivette es una salpicadura
de sol sobre unos trigos dorados...
Adivino las amapolas que florecen en el centro
de unas colinas hermanadas.
Sólo mirarla, basta para caer de espaldas
pero, si tengo que ser sincero,
al lado de los calcetines azules de Elena
Ivette no tiene nada que hacer.
Los calcetines azules de Elena, y no es broma,
son tan dignos que no aceptan agujeros.
Hacen que mis calcetines se mueran de vergüenza
si alguna vez se atreven a exhibirse junto a ellos.
Está claro que las medias negras de Rut son una hoz
capaz de cortar el aliento,
un estuche de lujo para dos piernas nada banales,
un estuche reluciente y obsceno.
Cuando las miro, el pensamiento se me desenfrena
pero, si tengo que ser sincero,
al lado de los calcetines azules de Elena
Rut no tiene nada que hacer.
Los calcetines azules de Elena me hacen de estufa,
son tan cálidos como un osito de peluche.
Cerca de ellos, la nieve se funde en plena tormenta.
Contra ellos, el granizo es impotente.
Está claro que los guantes blancos que lleva Alba al llegar el invierno
son malvados y hechiceros.
Si se pasean por tu cuerpo, pueden conducirte al infierno
con el embate de un tren expreso.
Tienen el atractivo del canto de la sirena
pero, si tengo que ser sincero,
al lado de los calcetines azules de Elena,
Alba no tiene nada que hacer.
Como me gustan, los calcetines azules de Elena
Cómo me gustan cuando me meto con ella en la cama
y sólo lleva puestos los calcetines, y la cadena
de su cuerpo me tiene atado toda la noche.
Pero los calcetines azules de Elena sin Elena sólo son
unos manojos inanimados.
Para sentir en el fondo de mi corazón un sentimiento dulce y profundo
ella debe llevarlos puestos.
Si, con la excusa del amor, la estupidez
se ha hecho la dueña de las canciones,
sed indulgentes cuando os hablo con ternura
de Elena y, sobre todo, de sus calcetines.
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