El ángel y el barrendero


Con mirada resignada
y aspecto aburrido,
Ramón barre
maquinalmente la calle.
Es un barrendero
y, por lo tanto, tiene que barrer
aunque no tenga ganas
si quiere ganarse el pan.

Cerca de él, un río murmura
y el viento esparce aromas.
El buen tiempo de mayo flota
sobre nieblas y humos.
Una pareja abrazada
pasa entre risas y rumores,
y Ramón nota un aguijón
agridulce en el fondo de su pecho.

Y Ramón deja la escoba
apoyada en la pared
y se sienta tranquilamente a la sombra
para encender un cigarrillo.
Cierra los ojos y se adormece,
sintiéndose enamorado
de las muchachas, del buen día,
de la vida y de la ciudad.

Pero de repente un trueno que estalla
lo despabila, y se sobresalta
cuando ante sus ojos
ve a su ángel guardián,
un custodio de alas escuálidas
y cabellos rubios y sucios
que, con cara de pocos amigos,
se le encara sin preliminares:

«¡Desgraciado y vil desecho,
miserable pecador,
haces crujir cielo y tierra
de vergüenza y dolor!
El trabajo es alegría y vida,
es ánimo y es salud
y es, como el ajo en la ensalada,
el regusto de la virtud.»

Y Ramón recoge su herramienta
con un suspiro de resignación
y vuelve al trabajo
con su sueño arrinconado.

Poco después, con un grito,
alguien cae al río haciendo « chap »
pero Ramón, cansado de historias,
no se molesta en girarse,
porque es un barrendero
y, por lo tanto, tiene que barrer
aunque no tenga ganas
si quiere ganarse el pan.

Pero el ángel se hace visible
lanzando miradas amenazadoras
y, con un grito horrible,
le dice atropelladamente
que el trabajo desprende fragancias
agradables al olfato,
pero que en ciertas circunstancias
no se debe exagerar.

Y Ramón, de mala gana,
se va sin decir palabra,
y, subiéndose a la barandilla,
se zambulle en el río.
Y, al salir del agua helada,
trae con él, con mucho cuidado,
a una muchacha desnuda
tan bonita como una estrella.

El plumífero desconfía
y, cuando Ramón, silbando,
la acaricia dulcemente
para hacerla volver en si,
rompiendo su silencio,
y entre gritos, le dice
que la chica es un demonio,
que la vuelva a echar al río.

Pero la muchacha se despierta
y, al ver a su salvador,
se convierte en una puerta abierta
de besos y de cariño.
Y abrazados tiernamente
se van quién sabe dónde
mientras el ángel, apopléjico,
se desmaya hecho unos zorros.

Y cuando el ángel despierta
ve que lo han dejado plantado
y se queda con la boca abierta
y cara de encantado.
Mira a la derecha, mira a la izquierda,
ve la escoba delante de él,
suspirando la recoge
y se pone a barrer entre lágrimas.
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