FRAGMENTOS DE UN SUEÑO
APÉNDICE II. EL PODER DE LOS SUEÑOS
(artículo escrito en 1997)
Hace algunos años (tal vez en 1993), durante una conversación pública, alguien que sabía de mi cercanía con Inti-Illimani me preguntó qué pensaba yo del futuro del conjunto. En esos días el grupo pasaba por un período de serias indefiniciones - afortunadamente superado - y eso generaba graves inquietudes entre algunos de sus seguidores. Contesté que, a mi juicio, Inti-Illimani era demasiado trascendente como para desaparecer; no se trataba entonces de una posible extinción del conjunto sino de algo distinto: se acercaba el momento de comenzar el recambio.
Se me ocurrió entonces dar un ejemplo y dije "Max, el mayor del grupo, ya cumplió los 50 años; dudo mucho que, cuando llegue a los 60, esté todavía cantando en el conjunto". La conclusión era lógica. Con el correr de los años, los Inti "históricos", uno por uno, iban a irse retirando por la natural fuerza del tiempo y nuevos integrantes iban a continuar la honrosa tradición. Tengo motivos para pensar que no todos los presentes entendieron correctamente mi afirmación, pero al cabo de cuatro años resulta obvio que mi profecía se está cumpliendo. Dos integrantes han salido del conjunto (Renato Freyggang y Max Berrú) y dos nuevos músicos se le han unido: Pedro Villagra y Efrén Viera. Este último tiene apenas 25 años; aún no había nacido cuando fue creado Inti-Illimani ni cuando el grupo se profesionalizó, tras haber grabado varios discos, en 1971. Como él, vendrán otros.
Por cierto, Efrén no entró a reemplazar a Max. En un conjunto de la vitalidad de Inti-Illimani no se trata jamás de reemplazar a los salientes, sino de inyectar nueva vida, nuevas ideas, nuevas sonoridades. Cada uno de los que han integrado el grupo ha aportado algo único, empero, Inti-Illimani siempre ha estado en desarrollo; no ha sido el mismo de año en año, con o sin cambios en su formación.
El concierto de despedida de Max, en el ex-Caupolicán, que coincidió con uno de los actos de celebración de los 30 años de Inti-Illimani, fue emotivo y apoteósico, como el homenajeado bien se lo merecía. Mientras Max cantaba "Ella" acompañado de mariachis ante un auditorio repleto, muchos no pudimos evitar recuerdos del joven ecuatoriano que en 1962 llegó a Chile desde su Cariamanga natal motivado por su afición futbolística. Un par de años después encontraría en los corredores y aulas de la Universida Técnica del Estado a un grupo humano excepcional que, convocado por la música latinoamericana y una visión épica del futuro, trazó una huella que sigue prolongándose y que nada ni nadie podrá borrar. Porque esta celebración de tres décadas, como la emotividad de esta semidespedida, son expresiones de una poderosa inmanencia, demostraciones palpables del poder de los sueños.
Estoy seguro que, en sus nuevas actividades, Max seguirá aportando por muchos años la honestidad, sinceridad, generosidad y modestia que siempre lo han caracterizado. Y me permito terminar con otra profecía: no pasará mucho tiempo antes de que Max vuelva a subirse al escenario junto a sus viejos camaradas, no para revertir su reciente decisión, sino para cumplir ocasionalmente con el ancestral, compulsivo y pasional rito de la música, esa que siempre ardió y arderá en el alma de Inti-Illimani.
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