68 cumpleaños del trovador
Las expediciones de Silvio Rodríguez
Cuando el 1 de Enero de 1959 las calles de La Habana y de toda Cuba se llenaron de júbilo con el triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro, Che Guevara y Camilo Cienfuegos, Silvio acababa de cumplir 13 años y el mundo como un adolescente expectante miraba al Caribe donde la era estaba pariendo un corazón.
Cuando el 1 de Enero de 1959 las calles de La Habana y de toda Cuba se llenaron de júbilo con el triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro, Che Guevara y Camilo Cienfuegos, Silvio acababa de cumplir 13 años y el mundo como un adolescente expectante miraba al Caribe donde la era estaba pariendo un corazón.
Silvio Rodríguez.
Para este joven guajiro nacido en San Antonio de los Baños, aquella hazaña era como una gran puerta que su patria abría al mundo, había todo un universo por conquistar, había sobre todo un hombre nuevo por hacer. Y poco más de 6 años después, este muchacho flaquito que se escondía detrás de unas enormes gafas de pasta, iniciaba su primera expedición para el mejoramiento humano amparado en la zoología de la nocturnidad y teniendo como herramientas una su voz y una guitarra. Toda la imaginación que cabe en el corazón de la curiosidad y todo el atrevimiento que una revolución victoriosa le permitía para hollar en aquellos paisajes a los que aún nadie había llegado o no se había atrevido a pisar.
Para ello fue construyendo un particular mundo de sueños que hizo suyo las cimas de la poesía y los aportes de la trova tradicional que tanto le cantó a la mujer, al amor y a la patria. Se alimentó de la nueva canción latinoamericana, de la canción de autor que surgía necesaria en la oscura España de la dictadura franquista, de la protest song de Dylan, Joan Báez y Pete Seeger, del virtuosismo rítmico y vocal de unos imprescindibles Beatles, de la música clásica, del alma del Che y de la humanidad de Martí.
Pero también del canto del sinsonte, del vuelo del totí, del regreso de las mariposas, del rey de las flores, de los reparadores de sueños, de los papalotes, de los rabos de nube, de la maza sin cantera, del unicornio perdido, del tren blindado, de ángeles, vigías y jardineros, del pintor de las mujeres soles, de Noel, de Sara, de Pablo y de Leo.
Y quiso ir más allá, inventó lenguajes, melodías y ritmos para crear una canción que también hablara de esas cosas que pasan adentro del alma de las gentes y nos hacen crecer. Quería cantar aquellas canciones que imaginaba en su cabeza pero no se oían en la radio, hablar de esas cosas que no aparecen en los libros de texto, como descubrir con un dedo tímido las puertas del porvenir o escrutar lo imposible porque de lo posible se sabe demasiado. Hablar de lo humano en el humano. Hacer de la canción un sortilegio, la medicina más escasa para curar la mente, para secar un llanto.
Y había que jugárselo todo al porvenir, incluso morir superando pasados colectivos e individuales para estar a la altura de la tarea, apostando por todas las caras de la vida frente a la muerte que se condensa en las cobardías, el estancamiento, la mediocridad, la estupidez o la inmadurez. Hacer la vida era la tarea del hombre y hacer el hombre era la tarea de la vida. Y esta tarea era un combate sin cuartel contra todas las cosas fuera o dentro de uno que significaban pasado y muerte. Una expedición urgente hasta arrancarle los secretos a la misma guadaña y sembrar flores en su filo oscuro y traicionero.
Para esta hermosa tarea nuestro hombre se hizo trovador y desde el primer minuto ofreció un canto distinto, alejado de los modismos comerciales, del servilismo de lo fácil, de las exigencias de la chabacanería festera y sin compromiso. Desde el primer instante la obra de Silvio no sólo beberá de las fuentes del pasado y del presente sino que se obligará a penetrar en las cimas necesarias del futuro más inmediato y necesario para traernos un canto nuevo lleno de poesía, libertad y un compromiso ético, estético y emocional.
Después llegaron otras expediciones, unas para surcar los mares y purgar la rabia, otras para llevar las matemáticas del alfabeto a cualquier rincón de la patria reconquistada o para llevar la voz y la guitarra a quienes luchaban por la liberación de sus fronteras, otras más recientes para traer de regreso a un niño perdido, para liberar a los 5 héroes o para llevar algo de luz a la oscuridad de las cárceles.
Expediciones que en nada tenían que ver con las de aquellos codiciosos descubridores y sus ejércitos de frailes, cruces y muerte, expediciones que nada tienen que ver con la soldadesca de atorrantes sembrados en la administración del sinsentido, expediciones que nada tienen que ver con el bloqueo a la libertad y a la dignidad del ser humano.
Pero había algo más, en ese nuevo canto, se necesitaba la argamasa con la que se construyen los verdaderos sueños, el pegamento que da sentido a cada hecho a cada parte como un todo, la bala para tocar más allá de las puertas del universo y que otra cosa podía ser sino el amor, el darse a los demás para cambiarnos por dentro y por fuera y entonces sí conquistar el nuevo ser humano que este mundo tan cruel e injusto nos demanda, nos exige, nos reclama.
Casi 50 años después pareciera que todo comienza de nuevo, que no hay descanso ni olvido, que sigue siendo necesario mostrar y demostrar que el arte, la cultura, el saber mismo es el acicate más revolucionario para llevar cualquier revolución hasta el umbral de lo que un día se propuso. A pesar de los delimitadores de cualquier nacimiento, a pesar de los burócratas de la costumbre y el fango, a pesar de los discursos y las decisiones de dirigentes que no han sabido ver la diferencia entre un disco y una papa y los vende igual, por kilos, en el mercado de los despropósitos. Pareciera, como si fuera una condena, que somos incapaces de dejar de ser la prehistoria que debería tener el futuro. Que una deslumbrante ceguera nos hace mantener de actualidad la pérdida del sentido común, como si la memoria de lo necesario la hubiera noqueado la ignorancia de un obtuso e inservible deber.
Casi 50 años después, nuestro trovador, ya jubilado, celebra su libertad profesional cantando por los barrios más deprimidos de la Habana, de Cuba, como si fueran los barrios pobres de cualquier país de Latinoamérica, de la Europa del paro y del desahucio, cantando aquí y allá, quizás una última e interminable expedición, como los pasos de una noria que repite una y otra vez su intento por sacar el agua de la profundidad de los desiertos pues el problema señor sigue siendo sembrar amor, sembrar amor como una vela inflamada en tiempos de esperanza.
A Silvio Rodríguez, aprendiz de brujo, amigo mayor, hermano de todo aquel que ha sabido y ha querido vivir cantando como quien respira.
¡Felicidades Trovador!
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