El tío Marcial
con un gesto de asombro,
cuando la vio venir con su blanco sayal
y la guadaña al hombro.
“Tengo mucho que hacer, no me puedo morir...
vete a cortar el césped”.
“Al contrario, Marcial, te debieras sentir
feliz de ser mi huésped.
Has trabajado bien, hora es de descansar
bajo losa de mármol
para alguien como tú, al mundo ya dejó
un hijo, un libro y un árbol”.
“El árbol que planté, benemérita acción
porque ya quedan pocos
en mi pobre ciudad, era un sauce llorón.
Llorón pero sin mocos.
Pero resulta que tenían otro plan
las urbanizaciones:
pobre sauce llorón, ya secó el alquitrán
tus verdes lagrimones.
El libro que escribí y que a nadie plagié,
era un grueso volumen
donde con ilusión puse todo lo que guardaba
en el cacumen.
Pero resulta que, sopesando el papel
de muy mala manera,
dijo el inquisidor: a la pira con él.
Y pereció en la hoguera.
Y el hijo que me dio mi adorada mitad,
nos salió inconformista
o quizá intelectual o emigrante quizá
o, en fin, quizá turista.
Porque resulta que, nacido en un país
de gritos iracundos
tuvo que abandonar y ahora vive en París...
se fue por esos mundos.
Y la próxima vez te juro que seré,
oh patria, algo más práctico:
te dejaré un borrego, una fotonovela
y una flor de plástico”.
“No habrá próxima vez, Déjalo ya, Marcial... ”
le respondió la muerte.
La guadaña zumbó. Así que, menos mal,
hemos tenido suerte.
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