Y empeñé mi virtud
virtuoso, formal. Un pardillo quizás.
Veía a la mujer como un suave misterio
alejado de mí, hasta que un día, zás,
el misterio acercose a su modo y manera.
Y empeñé mi virtud en saber cómo era.
Fue la primera vez, fue la primera entrega,
y tanto me alteró, me entro tal avidez,
que a la calle corrí a buscar la bodega,
bodeguera, mejor, que calmara mi sed.
Encontré a Madelón donde tuerce el camino.
Y empeñé mi virtud en sus besos de vino.
Pero el mundo es hostil, nos permite las fiestas
sólo como excepción, como regla, ni hablar.
Y me advirtió no sé qué consecuencias funestas
de seguir por ahí. Pero puso el azar
entre la hostilidad a la más mona Lisa.
Y empeñé mi virtud en aquella sonrisa.
Cuando vi a Salomé me lancé de cabeza
y Mercedes me dio la merced de su edad
y Dolores, dolor, y Pilar, su firmeza
y también, cómo no, conocí a Soledad.
Soledad, ven aquí, ven aquí, vida mía.
Y empeñé mi virtud en tener compañía.
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