Décimas (20): Pascuala, noble y sincera
se le notaba en los ojos;
jamás le noté un enojo
por mucha razón que hubiera.
En coserle una pollera
mi mama tardaba un mundo.
El sentimiento fecundo
del corazón de Pascuala
se desparrama en la sala
con un dulzor sin segundo.
Cuando ella dice hasta luego,
defiendo yo su costura,
con más y más amargura
voy persistiendo en mi ruego.
Los ojos no los despego
de su franela amarilla;
tan presto subo a la silla
como gateo en la mesa;
me gritan por la cabeza:
«Quita de aquí, charagüilla».
Mas, pronto, en un arrebato,
cortada ya la costura,
en terminarla se apura
para entregarla en un rato.
Con ligereza de gato
vuelo feliz a entregarla.
Me sale ’abrir la Pascuala
con la sonrisa en los labios.
«La espera no me da agravio»
–díceme abriendo sus alas.
Y así nomás era aquello,
porque en llegando a la puerta
pa’ mí siempre estaba abierta;
con abundante destello
de sus dorados cabellos,
se le desprende una horquilla
al ofrecerme una silla.
Cuando recibe la falda
le brillan como esmeraldas
las aguas de sus pupilas.
Esta Pascuala, señores,
parece que adivinara
la situación de mi mama
con todos sus pormenores.
Aunque no ve sus dolores,
prudentemente lo nota;
la lágrima que no brota
ella la ve claramente,
con su cariño presente
la ayuda gota por gota.
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