Décimas (55): Maire mía, no me llores
porque me voy d’este mundo;
con sentimiento profundo
te dejo mil sinsabores.
Resuenan ya los tambores
y la música de los cielos;
recibe como un consuelo
la gloria que me ha llamado,
por no tener ni un pecado
me saca del triste suelo.
Adiós a la pobre tierra
que aflige con sus pesares.
Adiós las saladas mares
y a las silenciosas piedras.
Adiós a la verde hiedra
que crece en los manantiales,
donde lavó los pañales
el día que vine a daros
lamentos y desamparos,
espinas, hiel y vinagre.
No mojes más mis alitas
con tu llorar lisonjero:
detienes la entrada al cielo
de tu blanca palomita.
Compréndeme, pues, mamita,
ya estoy cruzando la puerta,
San Pedro la dejó abierta
para dejarme la entrada.
Detiene, maire adorada,
las aguas de tus compuertas.
Adiós, pairinos queridos
que fueron a ”acristianarme”,
las sales a colocarme
y el nombre del escogido.
Hoy, siendo el más bendecido
por vos, le pido licencia
para que tengan paciencia
mientras los llama el vicario.
Ya tienen intermediario
que les consigue indulgencia.
Adiós también al pecado,
de todos, original.
Adiós, fuente natural
en donde fui alimentado.
Los aires embalsamados
me llevan a los confines;
m’esperan los serafines,
con nuestra Maire Santísima».
«Ave, María Purísima»
–responden los querubines.
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