Décimas (64): Un día en una cantina
Un día en una cantina
a l’hora ’e la madrugá’,
cuando estaba la gallá’
más peligrosa y malina,
yo vi una carita fina
asomada en una puerta,
pidiéndole a doña Berta
permiso para cantar
y así poderse ganar
unas chauchillas murientas.
Era media’os de invierno,
las noches eran muy cru’as;
vide qu’esa criatura
peleaba ya en est’ infierno.
Siendo tan bellos y tiernos
sufren ya muy cruel castigo
delante d’esos testigos
de la miseria y el vicio.
Al borde del precipicio
se l’agusana’o el trigo.
La dueña d’este convento,
que solo viv’ entre pipas,
tiene la borra en las tripas
y al medio del pensamiento.
Le dijo: «Cabro pulguiento,
pónete luego a cantar».
¡Válgame Dios! que al entrar
lo vi con una chiquita.
Me dijo: «Esta es Margarita
que me viene a acompañar».
Mi corazón s’hizo añicos,
renegué contra la vi’a,
me dirijo compují’a
arrimándome a los chicos,
y bailoteaban los micos
allí como escarabajos,
me queman de arrib’ abajo
los rayos de sus miradas,
cuando después que cantaban
tomaban vino a destajo.
Bendito sea Dios, hermano.
Llorando yo me acerqué,
el vaso le arrebaté
gritando: «Esto es inhumano».
Y el niño que ya es villano,
me grita con insolencia
un rosario de indecencias.
Todos se ríen de mí,
yo me retiro de allí
con un cargo en la conciencia.
a l’hora ’e la madrugá’,
cuando estaba la gallá’
más peligrosa y malina,
yo vi una carita fina
asomada en una puerta,
pidiéndole a doña Berta
permiso para cantar
y así poderse ganar
unas chauchillas murientas.
Era media’os de invierno,
las noches eran muy cru’as;
vide qu’esa criatura
peleaba ya en est’ infierno.
Siendo tan bellos y tiernos
sufren ya muy cruel castigo
delante d’esos testigos
de la miseria y el vicio.
Al borde del precipicio
se l’agusana’o el trigo.
La dueña d’este convento,
que solo viv’ entre pipas,
tiene la borra en las tripas
y al medio del pensamiento.
Le dijo: «Cabro pulguiento,
pónete luego a cantar».
¡Válgame Dios! que al entrar
lo vi con una chiquita.
Me dijo: «Esta es Margarita
que me viene a acompañar».
Mi corazón s’hizo añicos,
renegué contra la vi’a,
me dirijo compují’a
arrimándome a los chicos,
y bailoteaban los micos
allí como escarabajos,
me queman de arrib’ abajo
los rayos de sus miradas,
cuando después que cantaban
tomaban vino a destajo.
Bendito sea Dios, hermano.
Llorando yo me acerqué,
el vaso le arrebaté
gritando: «Esto es inhumano».
Y el niño que ya es villano,
me grita con insolencia
un rosario de indecencias.
Todos se ríen de mí,
yo me retiro de allí
con un cargo en la conciencia.
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