Décimas (79): Viví clandestinamente
con tres chilenos gentiles,
lavándoles calcetines
cuatro días justamente.
De noche pacientemente
voy de bolich’ en boliche
para pegar el afiche
del nombre de mi país.
Me abre su puerta París
como una mina ’e caliche.
Ausente de mis amigos
me llaman desde L’Escale,
por números musicales
hacen contrato conmigo.
Momento más enemigo
en ese humeante rincón:
pa’ mi primera canción
se alzó como guillotina
que hacia mi cuello se inclina
si no aplauden mi función.
Caricias y humos m’enfocan
como fatal torbellino,
de la emoción casi arruino
mi presencia en esa Europa.
Les disparé a quemarropa
de mi guitarra el rajeo,
con mi más caro deseo
d’encajárselo a los gringos,
una noche de domingo
preciosa como un lucero.
Igual que perro con frío
tirito de puros nervios,
el auditorio soberbio
conecta mi desafío.
Mis ojos humedecidos
resisten el lagrimón,
y al terminar la canción,
en coro gritaron: «Bravo».
Entonces a Dios alabo
con todo mi corazón.
Con tres billetes de a mil
y a mi cuarto clandestino
llevé donde mis amigos
mi primer sueldo en París.
Brincan al verme lucir
los francos tan azulitos;
besaban los billetitos
que andaban de mano en mano
d’estos chilenos hermanos,
flores de campo bendito.
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