Marinera
en las cuerdas entorchadas,
y a sus floridas llamadas
responde alegre el cajón.
La armoniosa introducción
arranca rítmicas palmas
y con reposada calma
de veteranos artistas,
entonan dos jaranistas
«Palmero, sube a la palma».
Una sin otra no vale,
que el pleito es de cinco-tres,
suena el bordón otra vez
y van coplas a raudales.
Las dos parejas rivales
se dan turno por derecho
y hacen retumbar el pecho
con sus jaranas mañosas
de letrillas borrascosas
en tonos de rompepechos.
Entra al ruedo una pareja
enarbolando pañuelos
que describen en sus vuelos
ansias de una oculta queja.
Ya se acercan, ya se alejan
en saleroso paseo
frente a frente, en contoneo,
él se insinúa en un choque,
pero ella esquiva el embroque
y hay vuelta y nuevo careo.
Palmas, guitarra y cajón,
ritmos de fuego y cintura,
vaivenes de sabrosura
con simulada intención.
Peruanísima emoción
de este Baile Nacional,
y en el acorde final
termina la marinera
con esas poses señeras
que miman la unión carnal.
Glosa
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