La niña de los andamios
como un conjuro eterno,
dueña de su dolor,
una mujer de sal,
una equilibrista en paz,
desafiando muertes de alquitrán.
Cardo silvestre en flor,
en cicatriz danzante,
una ilusión de pan,
pintando su verdad.
Él refugia mi canción,
y la acuna en tierna dimensión.
Madre de un tiempo azul,
niña de los andamios,
apenas una luz,
que estalla en su rosal.
Con su historia me acunó,
despertando el agua de mi voz.
Habrá querido ser todo lo que dejó,
habrá creído herir todo lo que sanó,
madre de mi libertad,
compañera eterna de mi voz.
Es luz, es tiempo,
andamio de los cielos.
Es luz, es tiempo,
andamio de los sueños.
Hoy puedo verla, sí,
disfrutando su viaje,
tan lúdica y feliz,
mirando desde allá
en geométrica oración,
consagrando el nombre de mi Dios.
Fue niña y caminó,
por senderos de cabra,
fue joven y bailó,
con un fantasma azul
que en secreto la besó
y en discreta luna la arrulló.
Es tiempo de partir,
lo supo una mañana,
el mundo no es el fin,
lo que fue en la niñez.
En silencio regresó,
a 1932.
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