Cançoneta incerta
qui sap on mena!
És a la vila o és al pi
de la carena?
Un lliri blau, color de cel,
diu.-vine, vine!-
Però: -No passis!- diu un vel
de teranyina.
Serà drecera del gosat,
rossola ingrata,
o bé un camí d'enamorat
colgat de mata?
És un recer per adormir
qui passi pena?
Aquest camí tan fi, tan fi
qui sap on mena?
Qui sap si trist o somrient
acull son hoste?
Qui sap si mor sobtadament
sota la brosta?
Qui sabrà mai aquest camí
a què em convida!
I és camí incert cada camí,
n'és cada vida!
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.