Candombe de la azotea
La luna nupcial y vieja chorrea por las hendijas
con luz de papel de lija para estos ojos que lloran
y un estilete de sombra escapado de algún viento
como un colmillo sangriento me atravesó con tu nombre.
Rumor de cascos oscuros de los caballos en danza
azulando los tambores por arte de magia blanca;
el gato de la escalera, en un sopor de ginebra
bate la puerta de lata por arte de magia negra.
Adónde te vas ahora me gritan de la azotea
escondidos en las flautas para que nadie los vea
los alientos que te guardan como adentro de un pañuelo
y me cruzan con los filos de la entrepierna hasta el cielo.
El cuarto de madrugada se cubre de flores muertas
y en algún rincón despierta una abeja encandilada;
zumbando un recuerdo tierno cruzó este cuerpo maltrecho
desde el muelle de tus pechos hasta un fanal del infierno.
En la memoria difusa me cuenta un gato de loza
de las muchas dulces cosas que quedaron inconclusas
y no te cuento la pena que tienen los encordados
de ver mis dedos armados para matar la tristeza.
Me voy y me llevo todo en una cuenca vacía;
no es nada, de todos modos, perder la piel ya perdida.
Ya cuelgo un sueño en el muro como otra mancha verdosa
y dejo el corazón desnudo debajo de una baldosa.
con luz de papel de lija para estos ojos que lloran
y un estilete de sombra escapado de algún viento
como un colmillo sangriento me atravesó con tu nombre.
Rumor de cascos oscuros de los caballos en danza
azulando los tambores por arte de magia blanca;
el gato de la escalera, en un sopor de ginebra
bate la puerta de lata por arte de magia negra.
Adónde te vas ahora me gritan de la azotea
escondidos en las flautas para que nadie los vea
los alientos que te guardan como adentro de un pañuelo
y me cruzan con los filos de la entrepierna hasta el cielo.
El cuarto de madrugada se cubre de flores muertas
y en algún rincón despierta una abeja encandilada;
zumbando un recuerdo tierno cruzó este cuerpo maltrecho
desde el muelle de tus pechos hasta un fanal del infierno.
En la memoria difusa me cuenta un gato de loza
de las muchas dulces cosas que quedaron inconclusas
y no te cuento la pena que tienen los encordados
de ver mis dedos armados para matar la tristeza.
Me voy y me llevo todo en una cuenca vacía;
no es nada, de todos modos, perder la piel ya perdida.
Ya cuelgo un sueño en el muro como otra mancha verdosa
y dejo el corazón desnudo debajo de una baldosa.
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