El meu poble i jo
aspres vins de burla
el meu poble i jo.
Escoltàvem forts
arguments del sabre
el meu poble i jo.
Una tal lliçó
hem hagut d'entendre
el meu poble i jo.
La mateixa sort
ens uní per sempre:
el meu poble i jo.
Senyor, servidor?
Som indestriables
el meu poble i jo.
Tenim la raó
contra bords i lladres
el meu poble i jo.
Salvàvem els mots
de la nostra llengua
el meu poble i jo.
A baixar graons
de dol apreníem
el meu poble i jo.
Davallats al pou,
esguardem enlaire
el meu poble i jo.
Ens alcem tots dos
en encesa espera,
el meu poble i jo.
(1968)
A la memòria de Pompeu Fabra
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.