El cóndor vuelve
las puertas del Tiawanaco por donde pasa la tempestad.
Despierta mi pueblo andino, y al despertar
conmueve la luz del siglo su grito macho de libertad.
Allá en los valles dormidos, la soledad
está preñada de furia y al rojo vivo como un volcán.
Ardiendo están las raíces, ardiendo están,
las ramas del árbol nuevo, la llamarada continental.
De la tierra me viene la voz
suena a tierra este pueblo que soy,
labrador, sembrador… Juan sin Tierra.
Ahí va el general Sandino y el Ecuador
dibuja el mapa caliente de Nicaragua en mi corazón.
Con Prestes soy la columna del cafetal
y voy con Camilo Torres, ¡Che, pueblo en armas! ¡Che, vendaval!
Artigas, toma esta sangre donde la luz
se vuelve a Fidel y encuentra que Güemes cuida la Cruz del Sur.
Allende la cordillera regresa el sol
y América es esta sangre por donde va la liberación.
Vuelve el cóndor del Alto Perú.
Esta vuelta no habrá Guayaquil,
hay que unir todo el sur en un grito:
¡Libertad! ¡Tierra y pan!
¡Libertad!
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.