Querella
vísperas de la grande celebración,
lleva las trenzas largas cruzándole la cintura
en su abundante pelo marrón.
Juan Manuel la soñó desde muy temprano,
y ella ya está llegando a los dieciséis.
Nunca quiso decirle lo mucho que la quería
porque menospreciaba su condición:
hijo de un capataz, un vulgar peón.
Y la noche del baile todos la vieron,
moza, qué buena moza que se le ve.
Ella se balanceaba vestida como ninguna.
El padre miró fortuna y la prometió
a un hacendado que su mano pidió.
Ay, qué pena, ay, llora la luna llena
al cantar la querella de Juan Manuel.
Ay, qué pena, ay, canta la luna llena,
al llorar la querella de Juan Manuel.
Y Juan Manuel llegó más que decidido
aprovechando el baile y la confusión.
La tomó por sorpresa llevado por la confianza
y en una sola esperanza un beso le dio,
y junto con la noche se la robó.
El hacendado ofrece una recompensa
para quien le encontrara a quien le ofendió:
cinco terneros y uno de sus mejores caballos:
”Yo quiero ese lacayo que me robó”;
no pasó mucho tiempo y se lo encontró.
Lo consiguieron libre, de espalda al viento,
cerca de los mercados del mantantial.
Iba a comprar un pan de regalo con su salario
que por aniversario le prometió.
Y desde entonces nunca más se le vio.
Y la voz de la niña se fue con él.
Y el amor de la niña se fue con él.
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