Naves quemadas
para hacerse a la mar de los derroches
y navegar
bajo estrellas inmunes a soroches
sin naufragar
en las bajas mareas de las noches
de la vida.
Hay que tocar
los confines del agua por si hay tierra
y conquistar
al salvaje animal que tu cuerpo encierra
y declarar
los principios del fin de cada guerra
de la vida.
Porque vivir
es navegar
tras un espejismo
detrás de un abismo
sin vuelta atrás,
porque atrás
tan solo queda el mar
y todas las naves quemadas,
naves quemadas, naves quemadas,
quemadas
para no volver jamás.
Hay que soltar
cabos, lastres, amarras y ataúdes,
que el dios Azar
nos transporte a soñadas latitudes
para escapar
de las biblias, coranes y talmudes
de la vida.
Hay que aceptar
que Ulises no fue a salvar a Helena
sino a escuchar
la terrible canción de las sirenas
para olvidar que Penélope
aún teje las cadenas
de su vida.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.