Naves quemadas
para hacerse a la mar de los derroches
y navegar
bajo estrellas inmunes a soroches
sin naufragar
en las bajas mareas de las noches
de la vida.
Hay que tocar
los confines del agua por si hay tierra
y conquistar
al salvaje animal que tu cuerpo encierra
y declarar
los principios del fin de cada guerra
de la vida.
Porque vivir
es navegar
tras un espejismo
detrás de un abismo
sin vuelta atrás,
porque atrás
tan solo queda el mar
y todas las naves quemadas,
naves quemadas, naves quemadas,
quemadas
para no volver jamás.
Hay que soltar
cabos, lastres, amarras y ataúdes,
que el dios Azar
nos transporte a soñadas latitudes
para escapar
de las biblias, coranes y talmudes
de la vida.
Hay que aceptar
que Ulises no fue a salvar a Helena
sino a escuchar
la terrible canción de las sirenas
para olvidar que Penélope
aún teje las cadenas
de su vida.
La cantante mallorquina ofreció en el Palau de la Música de Barcelona, dentro del festival Guitar Bcn, un concierto de intensidad creciente en el que L’aigua no cansa, su nuevo disco, se convirtió en el auténtico centro del repertorio. Arropada por una banda de músicos extraordinaria, Maria del Mar Bonet volvió a demostrar que, cerca de cumplir sesenta años sobre los escenarios y los ochenta de vida, sigue instalada en un momento creativo y vocal fuera de lo común.
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