El viejo nostalgia
con sus botas para siempre marcadas en la piel,
con la sonrisa de la Mona Lisa,
se dirige hasta el peñasco
de donde se divisan
las luces de la ciudad,
de su ciudad.
El viejo nostalgia cada noche
viaja en su imaginación,
se trepa al rayo de luz,
llega a la ciudad prendida,
corre por los adoquines,
camina parques de ancianos,
atraviesa callejuelas,
y va robando las luces
de las ventanas despiertas
para guardarlas en sus bolsillos raídos.
Cuando la madrugada
comienza a mojarle el rostro
regresa de nuevo al peñasco,
montado en la paloma suya.
El viejo nostalgia regresa a la choza
luego de haber enterrado las luces
que pudo traer, en las montañas oscuras
se echa en su lecho de hierba.
Y surge el milagro del alba:
las montañas se encienden de verde.
Al viejo nostalgia
ya no le duelen las manos
de cargar aquel fusil
mucho más joven que él.
Y cuando las luces
comienzan a apagarse
y la noche las silencia,
el viejo nostalgia vuelve
a su peñasco de siempre
y de nuevo roba a la noche
las luces de la ciudad.
Cada mañana,
al producirse el milagro,
todos ignoran al héroe.
El viejo nostalgia sonríe
y prefiere callar,
y prefiere callar,
callar.
(1970)
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