Abel y Caín
Caballero, quién diría
que el ritmo del guaguancó
fuera escuchado por Dios
y hasta el cielo subiría.
Y por boca de Caín
este ritmo singular,
tan bueno para bailar,
se interpretara en latín.
Oye, esta historia que traigo, León,
de antes que este mundo entrara en calor,
de cuando Eva dijo a Adán que sí
y al poco tiempo concebido fui.
Mi piel fue oscura, mi nombre Caín,
mas no se asombren, señores, que, en fin,
desde que este nuestro mundo es así
el que no tiene de Congo tiene de Carabalí.
Oye, oye, oye mi guaguancó.
Un hermano hube yo de tener
que respondía por nombre al de Abel.
Rubio su pelo, rosada su piel,
con él la historia del ser y el no ser.
Comenzó entonces la interrogación:
¿si él es así, de dónde salí yo?
Y hasta Dios mismo vino a preguntar,
y al preguntarme le dije:
¿y tu abuela, dónde está?
Oye, oye, oye mi guaguancó.
Y por eso yo, mi hermano,
me decidí una mañana
a decirle a ese fulano
lo que tengo tantas ganas:
¿Qué te pasa, Dios, conmigo?
¿Por qué tanta encarnación?
Está bien crear el mundo,
no la discriminación.
Narrador:
Bueno, llegado a ese punto de la narración, me puse realmente a pensar si era lógico que Caín hablara en español; y tras múltiples estudios llegué a la conclusión de que si alguna vez Caín habló, habló en latín, y esta es la traducción:
Caín:
Ego latus Dios contigus,
ora pro nobis también.
No elimines los negritus
domino, y digas amén.
Y ahora ya ven mi triste situación:
culpado fui de insubordinación,
luego inventaron el crimen de Abel
y de asesino en la historia quedé.
Por eso cabe la interrogación
que justamente nos da la ocasión:
probando a todo cambiarle el color,
si hubiera Dios sido negro,
¿qué le contaría yo?
Oye, oye, oye mi guaguancó.
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