Contramarea
como cualquiera.
Nadie me puede decir
que no ha pasado
que una muchacha de aquí
se haya fugado
con un muchacho de allá,
del otro lado.
Ella era un “clis de sol”, y él
guardafronteras.
Hijos del río San Juan,
Romeo y Julieta.
En un silencio del viento,
acorralado,
zarpó el amor en un bote,
contra marea.
“¿Adónde estabas perdida, sueño del alba,
espuma de los remansos donde crecí?
¿Adónde estabas durmiendo, lirio del agua?
Nací solo para verte...
Nací solo para verte llegar a mí.”
Era una historia de amor,
una leyenda,
con versos que él cada tarde
le cantaba,
como si el ancho San Juan
no fuera un río
sino el foso de un castillo
de hojas de palma.
Pero al final de la historia
no hubo teatro,
no hubo veneno, ni flores,
no hubo aplausos,
solo una barca volcada
entre las niebla
y una canción de papel
casi borrada.
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