El burgès (o El gran burgès)
es banya i es perfuma
i amb l’aire nou que té,
corre a firmar a una estona
a un banc de Barcelona
on fot de conseller.
Fent l’àrdua tasca
i per no caure en basca
es fot un vermut complet
a un club de senyorassos
tibats, lluents i grassos
que ja ho tenen tot fet.
Allà mateix el maître
vinclant l’esquena dreta
li cantarà el menú.
I ell triarà una truita
de llagostins poc cuita
i un palpissàs mig cru.
És l’ofici del burgès,
menjar, jaure i no fer res.
Un cop llesta la teca
se’n va a la biblioteca,
s’enfonsa en el sofà
i dorm la migdiada,
l’armilla descordada
i un rot al paladar.
Després el gran sapastre
s’anirà a can sastre
per emprovar-se un tern;
l’arruga de l’espatlla,
dels pantalons la ratlla,
l’amplada del infern.
Més tard com cada dia,
seurà a la barberia
on el perfilaran;
l’altre vermut, la cita,
que avui toca Lolita
i cap al restaurant.
Endrapa en tres passades
tan densament cuinades
que ja no poden més;
amb el que el mosso els cobra
a casa d’un manobre
viurien tot un mes.
Mata llavors tres hores
a un fosc bar dels afores,
es prenen molts gin-fizz,
amb la saliva amarga,
fent una cara llarga,
pugen tots dos al pis.
El pis de l’amigueta
que li farà, pobreta,
l’amor sense perills
i a casa, a darrera hora,
on vetlla i potser plora
la mare dels seus fills.
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