Falsos constructores
ven su imperio
menguando, moribundo,
y al descargar su furia,
ah, qué infamia,
matan por orgullo.
Noble hispano que escuchas,
oye, mi hermano, el clamor.
El pueblo borinqueño levanta
la frente en alto y grita:
“¡Basta, basta ya!”, al falso constructor.
Y el obrero que sudando
ve que su vida va pasando,
y nunca nada.
Patronos que vigilan,
mandan, ganan, votan,
y se marchan, viene el hambre
viene la deuda,
y el orgullo rueda
y ya no hay carácter,
y el senador, legislador, gobernador
viajando,
la madre enferma despintada,
Dios, ¿hasta cuándo?
¡Basta ya... revolución!
En el arrabal
todo marcha mal
aunque un ejecutivo
dijo que esto iba a cambiar.
Ayer, por televisión,
dijo el gobernador
que iban a hacer muchas cosas,
que todo era mejor.
Vino Santa Clos
y dijo “y que no,
si no tienes con qué pagarlo,
ajá, te digo que no”.
Mucha libertad,
ron y estadidad,
el rico en su marquesina
ay, mira, mira, mira pa’llá.
Casa gratis, señor,
comunismo traidor,
sígueme pagando el agua,
respeta, deudor.
Lo dijo en inglés,
mira, hasta en francés,
el rico en contra del obrero
lo dijo al revés.
Era el rey del cliché,
don Luis Bembé,
vino bembeteando nena,
bembeteó y se fue.
La maestra va enseñando
que las pruebas muestran
que somos inferiores.
La técnica avanzada,
los ricos capitales
vienen y que del norte.
Y dónde están
las minas de cobre
y el brazo fuerte
que pica la piedra.
Obrero borinqueño,
¡despierta!
La tierra es tuya, la roban,
¡alerta!
¡Basta ya... revolución!
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