Los ausentes
se muere de risa.
Mil colores luce la muerte
en las tumbas florecidas.
Quizás los colores celebren
el fin de la pesadilla terrestre,
este mal sueño
de mandones y mandados
que la muerte acaba
cuando de un manotazo
nos desnuda y nos iguala.
Pero en el cementerio
no veo ni una sola lápida de
mil novecientos ochenta y dos,
ni de mil novecientos ochenta y tres
cuando fue el tiempo
de la gran matazón en las comunidades
indígenas de Guatemala.
El ejército arrojó esos cuerpos al mar,
o a las bocas de los volcanes,
o los quemó en quién sabe qué fosas.
Los alegres colores
de las tumbas de Chichicastenango
saludan a la muerte,
la Igualadora,
que con igual cortesía
trata al mendigo y al rey.
Pero en el cementerio no están
los que murieron
por querer que así también
fuera la vida.
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