El acordeonista
un remanso de paz a la esquina de la calle.
El ruido de los coches ahoga
las indecisas notas de una nueva canción mientras él
con los ojos en blanco,
escayolados dedos trepan arriba y abajo.
Es un ser extraño para los niños
que le miran al salir de la escuela.
También para la niña del segundo
que coloca sus quince muñecas en la florida habitación.
Su canción es más clara al pulsar viejas notas
que llenan de nostalgia el corazón de la Srta. Lola.
El sombrerero,
tiene cubierto el fondo de calientes monedas;
promesa,
de algún plato especial en la húmeda taberna al mediodía.
Cerrarán el balcón cansados de escucharle.
La última moneda cantará en el sombrero.
Vacilantes pasos calle abajo le llevarán a la taberna;
traspasará la puerta; el camarero —que es cabestro resabiado—
gritará: ¡marche un plato de arroz para el artista!
(1971)
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