Mujer de Calama
te quedas mirando al cielo
delante está el horizonte
no hay hombres.
Cuando les miras de cerca
la tierra sientes que se abre
la noche toda es un ruido
de sables.
Les dieron muertes de perro
hasta ocultaron sus huesos
nunca llegaron tan lejos
tan menos.
Si yo tuviera la llave
que hiciera más soportable
salir de pronto a la calle
y hablarles.
Mujer de Calama con tu memoria
haremos la siembra para la historia.
Mujer de Calama cerca del fuego
tejiendo madejas con los recuerdos.
Mujer de Calama dile a tu sombra
que aunque no lo crea nunca está sola.
Sé que no existe otro infierno
sé porque puedo saberlo
sé que tendrá mejor viento
mi pueblo.
Quiero decirte que espero
que no haya olvido ni duelo
que no haya paz en sus huesos
ni muertos.
Si despertara de pronto
lejos de todo y de todos
si no tuviera recuerdos
tan ciertos.
Si no esperara otro cielo
que éste vivir por el suelo
cuanto mejor estaría
con ellos.
(1988)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.