Pronto viviremos en la Luna
de este cementerio voy a hablar.
Cuando ellos aprieten el botón
¿dónde iremos a parar?
Sólo somos carne de cañón
de una guerra nuclear.
Eo e aleluya.
Pronto viviremos en la Luna.
Hijo de Hiroshima y del napalm
acosados por la flor del mal,
mala muerte tenga el vendedor
que destruye a voluntad.
Dónde invertirán tanto dolor
en qué mesas comerán.
Hijo de Hiroshima y del napalm
cuando hay hambre no puedes pensar,
no quieres tener resignación,
si no arrancas, no te dan.
Si hay un dios y nunca te escuchó
en qué casas dormirá.
(1984)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.