De esquina a esquina
se perseguían por las ciudades
sobre la gente, por las cornisas
era el pan nuestro de cada día.
A cal y canto por los barrancos
a pleno grito como una campana que pidiera auxilio.
Él la llamaba mas presentía
que había otro hombre en medio de su vida.
Se golpeaban, les separaban
y al otro día no pasaba nada.
Tenían amigos que les leían
aquellas cartas que algún conocido les escribiría.
Nunca pusieron ninguna vela a santa Lucía
ni una novena aunque la esperanza estaba consumida
porque los días fueron llenando con la bebida
atrás quedo su juventud cuando aún podían esperar.
Eran violentos en sus encuentros
cuando no había nadie cerca de ellos.
Con los bastones con puños luego
mientras se insultan a cara de perro.
Se acuchillaron medio borrachos
después de haber tomado una ración de gambas mano a mano.
(1980)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.