Sonrisas que muerden
así que han notado debatirse el poder en sus manos,
pero sé de irredentos que han hecho de la insumisión
el leitmotiv permanente de su condición.
Sé de revolucionarios que ahora viven en palacios
hechos de piedra o de prestigio, mientras se inflan como sapos.
Pero sé de irredentos que se visten con harapos
y les reservan manicomios, calabozos y gulags.
La Revuelta es la sonrisa, pero una sonrisa que muerde:
bisturí que entra en la carne, hilo que corta la mantequilla.
Ayuda a que la insurrección no se vuelva gregaria.
Evita que la provocación se haga convencional.
Hace que ni la verdad sea intocable y primaria
ni la herejía, ortodoxa; ni la transgresión, moral.
Demasiados iluminados quieren hacerte feliz, pero ¡a qué precio!
Cada individuo tiene que ser su propio Prometeo.
Sé de revolucionarios que han encendido fuegos asesinos
pensando ingenuamente que podían cambiar el mundo y los destinos.
Pero sé de irredentos que son más que lúcidos
y no creen en ningún cambio que no provenga de uno mismo.
Sé de revolucionarios con el dogma como finalidad
que han forzado la realidad hasta que coincidiera con él.
Pero sé de irredentos que optan por el conocimiento
y que exponen las certezas a los crueles embates del viento.
Sé de revolucionarios obsesionados, que han sometido
el individuo a las ideas, reduciendo el Hombre a la nada.
Pero sé de irredentos que se niegan a olvidar
que una vida ni tiene precio ni se puede reemplazar.
Sé de revolucionarios que han deshecho el orden establecido
solamente para imponer otro, como quien pinta el azul de verde.
Pero sé de irredentos para los cuales toda autoridad,
ya sea humana o bien divina, solamente es digna de un rebaño.
Sé de revolucionarios tan serios como adustos,
que fabrican paraísos grises y solitarios.
Pero sé de irredentos que desconfían de un edén
donde la duda está proscrita y no se entiende la ironía.
Sé de revolucionarios temerosos de parecer
vulnerables si sonríen o si aprenden a amar.
Pero sé de irredentos que han comprendido que son más fuertes
cuanto más ternura sientan, y que se niegan a instalar cerraduras en el corazón.
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