La mujer que ya no amo
desierta de mis recuerdos
y me ignora cuando me animo
a fondear en su puerto.
No hace mucho, pensar en ella
era encararme con el viento,
notar el corazón en la paella
friéndose en aceite hirviendo.
Pisaba hojas muertas
hasta en pleno mes de julio
mientras llamaba a las puertas
de la añoranza, vestido de luto.
Subía a los tejados,
infiltrado entre los felinos
para gritar tristes baladas
que irritaban a los vecinos.
Cada noche me suicidaba
para resucitar por la mañana,
empapado de alcohol y de mala baba,
y deseando volver a morir.
Pero el otro día vi
que ese cabrón hiperactivo
llamado Tiempo me había
borrado la cicatriz.
La cicatriz, la medalla
que había ganado en un duelo
donde la sangre derramada no cuaja ,
y la paz sabe a hiel.
Es triste no sentir tristeza
por la ausencia de alguien con quien
compartí odio y ternura,
sorbos de arsénico y de vino.
Ya me comienza a importar un cuerno
la insolencia de sus pechos,
y se borra de mi cama
la marca que ella dejaba.
La mujer que ya no amo
se me funde como el hielo:
duermo de nuevo, no adelgazo
ni me obstino en escupir al cielo.
Y me pierdo, sin una queja,
por la niebla, con los faros apagados,
y paseo el vacío que ella me deja
como aquel que saca a mear al perro.
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