Intersecciones
que fueron sólo cinco, las noches.
Cinco noches nos espió la luna
cuando yo acariciaba tus senos.
Cinco noches, escribiendo una historia
donde cada segundo puede ser eterno,
fueron suficiente para que la memoria
cocinara recuerdos para el invierno.
Nos encontramos para compartir
quizás unos años, quizás unas horas,
pero no pasamos de las afueras
yo de ti, ni tú de mí.
Los besos que prolongas demasiado
los acabas desgastando.
Amemos, pues, las fugaces
maravillas del instante,
y entonemos la breve canción
de nuestra intersección.
Cristina, eres el sol; yo, la lluvia.
Tú y yo somos la cara y la cruz.
Apenas abrimos la boca, sube el tono
y el desacuerdo encuentra la voz.
Juntos nunca podríamos vivir,
pero estoy seguro que dentro de un tiempo
te recordaré con una sonrisa,
que los años convierten el estiércol en esmeraldas.
Puedes mojar un recuerdo árido
y, si es demasiado húmedo, lo secas.
Si es obtuso, lo haces agudo
y le borras las arrugas.
A la rosa recordada
puedes quitarle cada espina,
cuando la Viuda Reposada
se transforma en Carmesina (*)
y florece la breve canción
de nuestra intersección.
No sé cómo te llamas, pero un día
tendré que embarcarme en tus ojos
y viajaremos sin timón
hasta que topemos contra los arrecifes.
No desperdiciemos la primavera
debido a que vendrá el otoño...
Todo está aún por hacer,
vivamos el presente sin miedo.
Un presente que ahora es futuro
y que tendremos que dejar atrás,
pero que con un leve conjuro
sabrá de nuevo a cereza.
Que no te venza la añoranza:
nada se pierde, nada permanece.
Simplemente, entra en la danza
prescindiendo del cómo y el cuándo
nace y muere la breve canción
de nuestra intersección.
(*) La Viuda Reposada y Carmesina: personajes de la novela caballeresca Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell (s. XV)
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