El sapo Rodríguez

MEDIOS el 06/04/2010 

En una Cuba que hierve de ritmo, las canciones de Silvio Rodríguez siempre han dado grima.

Por Quim Monzó para La Vanguardia

Muy mal deben estar las cosas en Cuba cuando hasta Silvio Rodríguez dice que "el país pide a gritos la revisión de muchas cosas, de muchos conceptos, incluso de instituciones". Rodríguez ha sido la voz del régimen, el Manolo Caracol del castrismo, y si el Manolo Caracol del castrismo dice que la cosa ya no se aguanta es que la situación es grave.

A mí, Rodríguez me ha despertado siempre curiosidad. No por su habilidad en compaginar durante años su faceta de músico con la de diputado de la Asamblea Nacional y tener, además, el descoco de presentarse como una persona "sin vocación de político". Me despierta curiosidad porque, en una Cuba que hierve de ritmo –donde se fusionan músicas de medio mundo y relucen las rumbas, los chachachás, las descargas y la Virgen de la Caridad del Cobre, donde la percusión es puro gozo–, sus canciones son de un blandengue que da grima. Guitarrita, sensibilidad sensiblera y a vivir. Rodríguez es el ejemplo de que en todas partes cuecen habas, ley implacable que hace que incluso en Cuba (con una música que hasta a mí, que soy un negado para el baile, me acelera los pies) haya cantautores somníferos.

Dicen que, cuando un barco se hunde, las ratas son las primeras en abandonarlo. Si eso es cierto, que nadie trate de rata a Rodríguez, porque, aunque el hundimiento de la revolución salta a la vista desde hace tiempo, él se ha mantenido fiel a sus principios fundamentales. Al menos hasta ahora. ¿Deberíamos entonces calificar de ratas a los que, en los años sesenta, se dieron ya cuenta de que el invento no cumplía lo prometido? No vale la pena. La calificación de rata la dan siempre los que siguen en el barco, llamando traidores a los clarividentes. Hace años, The New Yorker publicó una viñeta en la que, en un puerto, se ve un barco amarrado. Una tras otra, las ratas descienden por la cadena y saltan al muelle. Un marino las observa y una de ellas le explica: "No, no, al barco no le pasa nada. Simplemente es que nos han hecho una oferta mejor".

Silvio Rodríguez no es ninguna rata, aunque un sapo quizá sí. El domingo, Eusebio Val publicó en La Vanguardia dos páginas a propósito del terremoto que, hace un año, arrasó L'Aquila, en Italia. Explicaba que, días antes de que tuviese lugar, los sapos lo detectaron y se largaron, y que lo mismo pasó en China, en Sichuan, antes del terremoto del 2008. Según parece esos bichos disponen de sensores geomagnéticos. Cuando en un lugar va a haber un seísmo, se producen alteraciones geomagnéticas, los sapos las detectan y se las piran. El artículo de Val iba ilustrado con una foto de las casas antisísmicas que las autoridades italianas han entregado a los afectados por el terremoto de L'Aquila, casas que hace un año prometió Silvio Berlusconi; tocayo de Silvio Rodríguez, por cierto, un hombre que tan pocos tocayos tiene fuera de Italia.

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