Santiago Feliú
En la búsqueda de una canción de arte
Hay artistas dueños de una obra que resulta imborrable de nuestras mentes y cuyo quehacer queda ahí para conformar nuestras evocaciones y nostalgias. En esa categoría se inscribe lo llevado a cabo por Santiago Feliú, desde que debutase en los escenarios cubanos a fines del decenio de los setenta.
Sentado en mi cuarto, mientras el lector de la máquina de compactos repasa los cortes de los distintos álbumes que del Santi compilo en mi fonoteca personal, el recorrido que ahora hago por buena parte de su obra a fin de motivarme para escribir las presentes líneas, me transporta por diversos instantes de mi vida durante los pasados 29 años, pues conocí las primeras canciones de este cantautor cuando ambos éramos un par de adolescentes allá por 1978.
El tiempo ha transcurrido para nuestra generación y los de entonces ya no somos los mismos. Ahora, en el 2007, entre el público del creador, hay una legión de jóvenes veinteañeros, muchos de los cuales aún no habían nacido o apenas gateaban cuando Santiago se iniciaba en las lides musicales y los trovadictos de aquellos lejanos días de fines de los setenta íbamos con frecuencia a deleitarnos con sus presentaciones en el anfiteatro del parque Almendares y poco después en el Café Cantante del Teatro Nacional, donde Feliú fuera protagonista de incontables noches de descargas en el período en que conformaba un dúo autoral e interpretativo con Donato Poveda, etapa de la que aún se recuerda el tema "Ave rosa", canción que afortunadamente de vez en cuando Santi interpreta en una que otra presentación.
En esa suerte de recuento de lo hecho por el trovador durante estos 29 años, en mi mente hago un repaso del primer disco del cantautor, el denominado Vida (editado hace algún tiempo en formato digital por la EGREM) y del que sobresalen piezas como "Amigo dibujo", con un soberbio arreglo escrito por Oriente López; "Batalla sobre mí", impactante por la fuerza que Feliú imprime al acompañamiento de su guitarra; "Carta y suerte de tener a Gunila", bastante poco interpretada en los últimos tiempos; "Vida", canción que como ninguna otra ejemplifica la línea épica en el quehacer de Santiago; o “Para Bárbara”, tema que para nuestra generación representa lo mismo que en sus respectivos momentos significaron composiciones como “Longina” y “Yolanda”.
No pretendo hablar aquí de toda la discografía de Feliú y sólo diré que mi favorita de sus producciones fonográficas resulta el álbum Náuseas de fin de siglo. Piezas como "Aunque la vida", "Sedante", "Desnudo", "Nosotros y mañana" o "Mi mujer está sensible", son todas canciones que me ratifican en la idea de que, entre los cubanos, él es el compositor más hippy de su promoción.
Los temas agrupados en Náuseas... son portadores de la estética y del espíritu psicodélico que tipificara a la llamada "flower generation". Decisivo en tal proyección ideoestética y que tiene como premisa el revolucionar desde la creación fue el hecho de que las composiciones aludidas surgieron a raíz de la permanencia de Santiago en 1989 por espacio casi de un año en las lomas colombianas, junto a la guerrilla del M19.
Esa tremenda experiencia vital marcó para siempre a Feliú y en buena medida gracias a ella, sus textos -incluso los de crítica más acre a la realidad cubana circundante- se reconocen como los de un hombre de izquierda, que por fortuna ha sabido reciclarse y readecuar su pensamiento a los días que corren.
Muestra de lo antes afirmado la dio al publicar el que es su último disco editado, Sin Julieta, un fonograma dedicado al tema del desamor o la ausencia de una pareja estable (fenómeno muy común en nuestra generación). Para Santiago Feliú, entre quienes nacimos durante la primera mitad de los sesenta, apenas hay parejas que estén viviendo un amor verdadero y lo que prevalece en la actualidad son relaciones entre dos personas en las que no hay ni Julieta ni Romeo sino miedo a la soledad, o alianza para el progreso, como se suele decir. Tan descarnada visión es la tesis en torno a la cual se arma su más reciente producción fonográfica. Pudiera afirmarse que no resulta éste un trabajo estrictamente “social”, aunque a la par cabe asegurarse que el álbum aborda una arista problémica de la sociedad cubana contemporánea pues está vertebrado a partir de la idea de la escasez de amor como una forzosa clave de época.
En esta singular radiografía del desamor, (sin la menor duda, el amor menos cantado y uno de los que más se vive por los días que corren) y donde se retoma la herencia legada por la poética de un género como el tango y de creadores como Luis Eduardo Aute, desde el prisma musical su principal rasgo está dado por el uso de una afinación de la guitarra del trovador en la tonalidad de re, distinta a la empleada normalmente, y que está tomada de la música de Andalucía. Ya con anterioridad Santiago había trabajado el instrumento de las seis cuerdas con una afinación en sol. Semejante peculiaridad de utilizar diferentes encordaduras brinda disímiles colores a su música.
Rasgo distintivo en la trayectoria de Santiago Feliú es la preocupación por los asuntos relacionados con nuestra generación, que deviene una constante de su obra, como lo demuestran canciones como “La ilusión”, en la que dice: Espero no tener que resistir / nostálgico esperando el ayer / la cara de los que andan por cuarenta / Es de un color… alegre en gris / feliz muy raro; o esa otra en la que se expresa: ¿Dónde estás? / Yo recuerdo que a finales del 70 / no me dirías lo que hoy / tal vez / pintamos el mundo de un nuevo color / y sin querer nos dimos cuenta de que no.
Con una carrera discográfica bastante errática por causa de pésimos contratos y que lo ha llevado a que en el presente, Feliú se decante por ser un creador independiente, sin ataduras con ningún sello, y que carga con sus CDs para venderlos en los conciertos que ofrece, puede asegurarse que a lo largo de su vida como trovador, Santi siempre se ha proyectado en la búsqueda de una canción de arte, ajena por completo a las reglas comerciales impuestas por la tiranía del mercado y con ello, hace valedero aquellas palabras de Picasso en las que se aseguraba: "...el pintor pinta lo que vende, el artista vende lo que pinta...”
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