El centenario de la etnomusicóloga Isabel Aretz
Mujer de los mil folklores
A partir de un viaje inolvidable a las profundidades del noroeste argentino, Aretz inició una labor de rastreo tenaz, militante, que se tradujo en infinidad de libros y el testimonio sonoro de artistas condenados al anonimato.
A partir de un viaje inolvidable a las profundidades del noroeste argentino, Aretz inició una labor de rastreo tenaz, militante, que se tradujo en infinidad de libros y el testimonio sonoro de artistas condenados al anonimato.
Por Cristian Vitale para Página|12
María José es joven y toca la caja. Tiene una voz hermosa, mirada casi de ángel y un dato muy preciso: “...Ya me voy” es el track siete de Viaje por el Noroeste Argentino. Hasta se acuerda el año: 1952. Probablemente ni siquiera sus padres habían nacido cuando Isabel Aretz, responsable de que esa baguala de Aurora Saravia viera la luz a tiempo, realizó un viaje maravilloso a las profundidades del NOA. María José canta en un grupo de neo-folklore llamado Doña María y, a ojo, debe andar por los 20 años. Isabel, hoy, cumpliría 100. Y la alegoría, visto está –por éste y por tantísimos motivos–, es que su vasta obra no quedó en las sombras. Aquel viaje implicó un rastreo rotundo y militante por la música tradicional argentina. Lo hizo acompañada de otro de su igual laya (su marido, el venezolano Luis Felipe Ramón y Rivera) y ambos, en carácter de etnomusicólogos amantes del arte latinoamericano, le grabaron 44 piezas musicales –entre vidalas, carnavalitos, coplas, gatos, escondidos, huaynos, bagualas, tonadas y zambas– a unos artistas olímpicamente anónimos: la Saravia, pero también Bartolomé Mamani, Dalmacio Castillo, Gregorio Torres, Nachi Gómez, Polonia Cruz o Salomón Cardone, entre ellos. Extensiones musicales de la tierra, trasmisores de un patrimonio que jamás hubiesen registrado algo de no haber sido por Aretz.
Dijo ella cincuenta años después, cuando finalmente se editó el trabajo: “Dejando de lado la errada creencia de que toda nuestra música nos llegó de Europa, al penetrar tierra adentro se percibe la existencia de una Argentina polimusical. Músicas que hablan de un mundo quechua y aymara y de un mundo diaguita-calchaquí, que españolizó su poesía, subyacente junto al mundo criollo. Mundos musicales todos que tienen un rol importante que cumplir durante el siglo XXI, que no puede hacer nuevos ciudadanos sin hacerlos primero ciudadanos de nuestros país y del continente”. Todas aquellas grabaciones, auténticas, rústicas y tomadas con un grabador de cinta, ofrecen un testimonio estético invalorable. Un aporte comprensivo cuyo valor, de por sí, bastaría para evocar la tarea de esta mujer, pionera en lo suyo, cuya luz se apagó hace cuatro años.
Antes de ese viaje al noroeste hay un background grueso, motivado por el objetivo de diagramar un mapa sonoro que no prescindiera de ningún ritmo autóctono. Nacida en Buenos Aires el 14 de abril de 1909 *, Aretz, compañera de estudios de Alberto Ginastera, se formó como pianista y docente en el Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico donde, a principios de la década del 30, trabajó como profesora de piano y composición. Tenía 28 años cuando la Orquesta Sinfónica Nacional estrenó su ópera prima (Puneñas) en el Teatro Cervantes y unos menos cuando, siguiendo la matriz de tareas del musicólogo Carlos Vega –aquel ayudante de cátedra de Ricardo Rojas que ya en 1927 había “descubierto” poetas y músicos de los confines–, comenzó a recorrer el país con el fin de compilar y registrar sonidos tradicionales, con fuerte hincapié en la música prehispánica de las culturas andinas. Editó, por entonces, un libro dotado de una selección de villancicos, bagualas, vidalas y estilos para uso escolar y encaró, poco después, diversos viajes por Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia y Perú, registrando sonidos e imágenes de las culturas originarias. Pero uno fue revelador: en 1948 partió hacia Venezuela con el objeto de organizar la Sección de Música del Servicio de Investigaciones Folklóricas y se casó con un paisano de Tachira: Ramón y Rivera. “Con él, mi inseparable compañero, compartí muchas investigaciones. En Venezuela se nos facilitó abrir nuestras compuertas al auténtico mundo de América y, en parte, al de África”, dijo alguna vez.
Venezuela, cuya ciudadanía Aretz adoptó luego de casarse con el etnomusicólogo, significó la plataforma base desde donde ambos se lanzaron a desparramar el acervo sonoro latinoamericano por el mundo, siguiendo el ejemplo de Bela Bartok en Hungría. Allí, también, escribió buena parte de sus treinta libros editados, cuyo fin general fue rescatar, recopilar y hacer rodar –y notar– la música del continente por el globo. De allí, Venezuela, la llamaron como efecto de su libro Música tradicional argentina. Tucumán, historia y folklore, en el que la investigadora había recopilado 796 melodías. El gobierno de Perón la becó por un año y en 1948 emigró. Allí fundó el Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folklore y publicó un sinfín de obras, desde Manual de Folklore Venezolano en 1957 hasta La Artesanía Folklórica de Venezuela, en 1988. En 1966 ganó la beca Guggenheim para investigar en México, Colombia, Ecuador y América Central. Años después, se alzó con el cetro de Summa cum laude en la especialidad Musicología y Crítica en la Facultad de Artes de la Universidad Católica y, a lo largo de la década del setenta, fue docente en universidades de México y Colombia, donde fundó cátedras sobre etnomusicología.
Una vasta vivencia que se truncó parcialmente con la muerte de su marido, en 1992. Pero que se reinició en 1995, cuando Aretz regresó a su país natal y prosiguió su labor. Siguió recibiendo reconocimientos, escribiendo libros y cumpliendo su objetivo: mostrar en su tierra todo lo que había aprendido. La nombraron académica en la Academia de Ciencias y Artes, fundó y dirigió el Instituto de Etnomusicología y Creación Musical. Y en 2003 editó un libro fabuloso: Música prehispánica de las altas culturas andinas. Un compendio mix de imaginación y empiria en el que esta mujer de los mil folklores conjeturó cómo era la música de los pueblos originarios antes de la llegada de los españoles. Cuando murió, en junio del 2005, estaba pergeñando un Instituto de Investigación en la Universidad de Tres de Febrero. Tenía 96 años.
* Dada la confusión que generó su ciudadanía venezolana (que fecha su nacimiento en 1914) es preciso aclarar que la fecha de nacimiento real de Isabel Aretz, según su documentación argentina, fue el 14 de abril de 1909.
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