Se ha aclimatado «perfectamente» a su nueva patria
Diego el Cigala dice que en España «la música y la cultura se han acabado»
Diego el Cigala es intenso. Cargado de oro, con unas gafas doradas extra grandes hechas a medida, y vestido "de marca" de pies a cabeza, regresa a España con un disco nuevo y orgulloso de poder decir que irse a vivir a República Dominicana le ha venido "de lujo": "la música y la cultura aquí se han acabado".
Diego el Cigala es intenso. Cargado de oro, con unas gafas doradas extra grandes hechas a medida, y vestido "de marca" de pies a cabeza, regresa a España con un disco nuevo y orgulloso de poder decir que irse a vivir a República Dominicana le ha venido "de lujo": "la música y la cultura aquí se han acabado".
Diego el Cigala posa durante la entrevista con Efe en la que ha hablado de su vuelta a casa, en todos los sentidos, desde que se fue a vivir a Santo Domingo donde ha decidido retomar sus orígenes y dejar sus incursiones por el bolero y el tango para envolverse en la bandera flamenca en su nuevo disco, una aventura musical de riesgo.
© EFE
EFE - "Del 1 al 10, me ha ido de 8,5. Solo me queda sacar el disco que estoy preparando como homenaje a la salsa para llegar al 10", se ríe Diego el Cigala en una entrevista con Efe recién llegado de Colombia, cansado de tanto viaje pero exultante: "la palabra 'light' no está en mi diccionario, todo lo mío es apasionado".
Desembarca en España, donde estará casi un mes, con una nueva aventura discográfica, Vuelve el flamenco, una grabación en vivo, en el Palau de la Música de Barcelona, con el acompañamiento de Diego del Morao, el hijo de Moraíto Chico, discípulo de Paco de Lucía, a quien dedica el trabajo.
Este gitano madrileño, nacido en 1968 como Diego Ramón Jiménez Salazar, tenía "necesidad" de volver al flamenco, "de recuperar la esencia" de los cantes más tradicionales, tan distintos a los viajes "de ida y vuelta" que comenzó con el superventas Lágrimas negras y en el que conoció a Bebo Valdés, "el mayor regalo" que le ha dado la vida "por cómo era musical, humana y espiritualmente".
"Los discos flamencos tienen riesgo pero dan una satisfacción brutal. Este tiene una energía, una potencia increíble y es que el público estaba entregado y salieron los duendes", rememora sobre la grabación de este paseo por palos como martinete, sevillanas, malagueña con verdiales, soleá, taranta, tangos, fandangos de Huelva o bulerías.
Grabar los discos en vivo, afirma, "tiene muchos riegos, pero también muchas ventajas", porque en un estudio "puedes hacer y deshacer" pero en la sala, como ocurrió en el Palau, "tienes mucha inspiración y complicidad con los músicos".
Es su décimo CD, el cuarto que hace "lejos de las garras" de las discográficas tradicionales, camino que inició con Dos lágrimas, y primero en autoedición.
Es "muy difícil" que vuelva "al redil" de una discográfica como no sea para asegurarse la distribución, pero "de lo demás" él ya ha pasado "lo suyo" y no quiere más.
"Lo que ocurra que ocurra por mí, por lo que yo he hecho. Quiero dormir con la tranquilidad de haber intentado hacer buenos discos", subraya.
Le da "mucha fatiga y tristeza" hablar con los compañeros de profesión que viven en España y espera, "por su bien", que "la cosa cambie pronto porque esto no hay quien lo aguante".
Él se fue a vivir a República Dominicana el pasado 18 de agosto porque estaba harto de "tener que pelear tanto", de que no hubiera "conciertos ni posibilidades" y con la esperanza de que el país que le ha dado también la nacionalidad "fuera un futuro" para sus hijos pequeños —de 17 y 8 años— y el trampolín hacia los mercados de Miami, Nueva York, La Habana, México o Buenos Aires.
"Quería estar en Latinoamérica, en el meollo. No llevaba un plan elaborado, pero me ha salido bien y mejor que me irá. Estoy con un disco de standard de salsa, un acústico, de los más grandes que va a ser algo muy bueno y tendrá en Latinoamérica muy buena acogida", pronostica.
Allí vive como quiere, descansando "cuando toca", entre noviembre y abril, y viajando y haciendo giras como las que tiene programadas desde hace un año por Estados Unidos y Australia —"qué miedo me da ese viaje, es como si fuera a ver a Gandalf", bromea—, Argentina, Chile o España.
A su "Rolex" de oro, anillos y "pitos", como él llama al ruido que hacen sus cadenas llenas de colgantes, acaba de sumar un "diamantito" de un quilate y medio que enseña complacido.
"Sí, me gustan estas cosas", dice mientras se peina con los dedos los largos rizos y se atusa la barba, los que exhibe en el retrato de la portada del disco, en el que parece "totalmente" el Cristo del Cachorro. Flamenco sacro se tenía que llamar, bromea de nuevo.
Se ha aclimatado "perfectamente" a su nueva patria, no echa de menos más que a su familia y amigos —"hay un jamoncito buenísimo", asegura—, sus hijos son felices, tiene unos vecinos con los que se ríe "a morir" y le encanta su amabilidad y el respeto: "paseucos, playuca, cine y playstation, ¿qué más se puede pedir?", se troncha.
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