El misionero
Sor Asunción,
incluso va en aumento,
te cuelas sin cesar en mi oración
sin mi consentimiento
y, por más que lo intento,
no logro que se borre tu visión,
Sor Asunción,
todavía me cortas el aliento.
El día en que llegaste a la misión,
con el monzón,
fue un acontecimiento,
vi tu alma de mujer puesta en acción,
vi tu cuerpo, un portento.
En el mismo momento
me dije al fin, al fin tiene razón
de ser la tentación:
probar si el buen amor es un tormento.
Y mi respuesta es una afirmación,
Sor Asunción,
pero nunca un lamento,
al darte a mí me diste otra lección,
aprendí sentimiento.
Cruel es lo que hoy siento
al verte sólo en mi imaginación
y es grande mi aflicción
y mi cuerpo te quiere al cien por ciento.
Ese año junto a ti, de la emoción
tiré el bastón,
saltaba de contento.
Celoso Dios de nuestra adoración,
de nuestro incumplimiento
del sexto mandamiento
manifestó su santa indignación
arreándome un capón
del que un año después aún me resiento.
El golpe fue un ataque al corazón,
Sor Asunción,
casi, casi reviento,
de urgencia me metiste en un avión,
gracias a ti lo cuento.
Cansado y macilento
salí por fin de tanta operación,
me han puesto aquí un sillón
y reposo, y no sé, todo es muy lento.
No creo que ya vuelva a la misión,
mi condición
es un impedimento,
podría distraer tu vocación
y eso no lo consiento.
Dándome linimento
no ayudas a esa pobre población,
y ante esta situación
convendría quizá un nuevo elemento.
Ya tocan a maitines, din dan don,
las cinco son,
ya se anima el convento,
me atiende un cura joven de León,
un hombre de talento,
me dice: aún no es Adviento,
aún no es Pascua de Resurrección.
Y me presta atención.
Será un buen misionero, lo presiento.
Y aquí me quedo yo con la ilusión
de no andarme con tiento,
me entrego por completo a tu visión,
que en mi enamoramiento
se acabe este tormento
de un corte eterno de respiración.
Sor Asunción,
todavía me cortas el aliento.
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