Décimas (43): Don Dominguito Aguilera
marido de doña Chayo,
trabaja de mayo a mayo
la viña y las sementeras.
El viejo era un calavera
famoso de punt’ a cabo,
de la chupalla hasta el rabo,
del rabo hasta los talones.
De farra en los bodegones
malgasta lo que ha ganado.
Diez hijos tiene su vieja
que le respaldan la tierra;
por eso le hacen la guerra
y le presentan sus quejas.
Pero él es una madeja
de hilo fastidiosón,
perdido en una pasión
que no se mira al espejo,
por no encontrarse el pellejo
plisado como acordeón.
La niña mayor se llama
tan solo Natividad,
la pálida Trinidad,
del tronco es la última rama.
Lucrecia es como una dama
de algún palacio real;
cuando se pone a cantar
se baja el azul del cielo;
las aves paran su vuelo
para poderla escuchar.
La Erna con la Celina
son las que quedan restando,
con ellas voy terminando
la lista de las chiquillas.
Alegres y palomillas
cuando se trata de fiesta,
las cinco son una orquesta
con todo su desenfado
en «rondas» y «chapecaos»,
en «pericones» y «cuecas».
Con esas niñas aprendo
lo qu’es mansera y arado,
arrope, zanco y gloriado,
y bolillo que está tejiendo,
la piedra que está moliendo,
siembra, apuerca, poda y trilla,
emparva, corta y vendimia;
ya sé lo que es la cizaña
y cuántas clases de araña
carcomen la manzanilla.
Que del pilón al lagar
encima de la saranda,
la chicha empieza la tanda
con uno que v’a bailar.
Sé que la habrán de pisar
después los tarros calientes
para cortar aguardiente,
y al chancho con el orujo,
que se emborracha al influjo
de los alco’les presentes.
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