Alunados
clava en lo negro su trama puntillista
para que los pobres, los desamparados
tengan el cobijo del cielo estrellado.
Pero esos brillitos de distancia fría
les causa una profunda melancolía
y la noche, como quien da su fortuna,
de un hilo de luz hace crecer la luna.
Brotan los enfermos y los malheridos,
llamando a la luna, ciegos, doloridos;
bañados enteros en su plata suave,
invocan su espejo para que los trague.
Alzan su plegaria de desesperados
para que la luna los lleve a su lado
para sepultar aquí en tierra plana
sus padecimientos que la luna sana.
Luna, luna, luna, luna.
Piden a la dama desde su intemperie
los chicos solitos que la calle muerde;
vagan como si alrededor de sí mismos
de su panza flaca creciera el abismo.
Mirando hacia arriba con su sed y su hambre
le reclaman desde el fondo de la sangre,
danos madre luna a comer de tu harina,
de tu pan de leche redondo en la esquina.
A su luz se embarazan las desatentas,
se vacían los vientres de las parturientas,
se borran los filos de dagas y anzuelos,
se pudre lo que esté muerto bajo el cielo.
Bajan los licántropos de sus mansiones,
inician los brotes sus germinaciones,
suben las mareas, se adensa la bruma,
sigue el temporal hasta cambiar la luna.
Acompaña al lecho a los enamorados,
lleva hasta el patíbulo a los condenados,
a los estrelleros les guarda el instinto,
saca a los perdidos de los laberintos.
Y a mí que me tiene cautivo en el cielo
me detiene alucinado en mi desvelo;
estoy esperando que se me haga el día
pa´ volverla a ver desde la tierra mía.
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