Ando
conformes a proyectos selectos
que nadie va a aplicar por aquí.
Un pibe recibe diez centavos y pide
por sus seis hermanitos que viven
abriendo la puerta de un remís.
Si quiere ver el drama o la comedia mejor
encima de sus ojos hay un mirador,
depende de su lucidez para mirar
verá como el grotesco es la cruda verdad.
Ciencia, paciencia en los servicios de urgencia.
Motociclista en una emergencia
se convirtió en donante al llegar.
Cierta desierta sensibilidad tuerta
de alcohol que pone al sábado alerta
y la calle es una diosa letal.
Si la tragedia espanta con su amargo sabor,
recuerde que mañana no será mejor;
los pasos de la danza no lo dejan salir
del borde de la náusea que le da existir.
Ando paseando como un loco en un campo
de tiro y recibo en un flanco
un extraviado proyectil.
Sigo, maldigo sin testigos y sangro
herido, y un relámpago en tanto
me ciega y no me deja seguir.
Eternas gorgonas de miradas enfermas
que nunca, turgentes y modernas,
sus piernas abrirán para mí.
Pero esa cabeza con mi nombre de presa
es un trofeo que les interesa
disputar a Salomé y a Judith.
Cínica política de circo y burbuja:
pasaron mil camellos la aguja
hacia este reino neo liberal.
Frías promesas de sus bocas vacías,
son menos que mi pobre poesía
que me libra de todo mal.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.