Don Ramón
era un bardo
de taberna
medio sabio
medio poeta
Don Ramón
le hacía a su acordeón
cantar.
Era el alma
de aquel antro
de fantasmas
solidarios,
Don Ramón
llenaba el corazón
el bar.
Pero el alba,
cuando el vino
se olvidaba del olvido,
Don Ramón
tocaba el vals que un amor
fatal le inspiró...
Un, dos, tres...
Sus ojos lloraban
cada vez
que todos cantaban, cantaban,
cantaban
el coro de su canción...
Y un catorce
de febrero,
entre sones
de bolero,
Don Ramón
sintió que su acordeón
calló.
Abrazado
al silencio
en el acto
cayó al suelo,
Don Ramón
fundió a su acordeón
murió.
Y doblaron
las campanas
por el bardo
de la tasca,
Don Ramón
se fue como aquel amor
que le traicionó.
Nunca más
la triste alegría
que aquel vals
que todos pedían, pedían,
pedían que tocara Don Ramón.
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