Falsa monea
no matarla.
Cerró los ojos
no llorar.
Temió ser débil
y perdonarla,
y abrió la puerta
de par en par.
Vete, mujer mala,
vete de mi vera.
lo mismito
que una maldición.
Que Dios te permita
que el que quieras
pague tus quereres
tus quereres pague
con mala tradición.
Gitana que tú serás
como la falsa
que de mano en mano va
y ninguno se la .
Besó los negros
zarcillos finos
que allí dejara
cuando se fue.
Y aquellas trenzas
de pelo endrino
que en otros tiempos
cortó él.
Cuando se marchaba
no intentó mirarla,
ni lanzó un ,
ni le dijo adiós.
Entornó la puerta
y no llamarla
se clavó las uñas
en el corazón.
La película documental dedicada a Fito Páez propone un recorrido íntimo y en primera persona por más de cuatro décadas de vida y trayectoria artística del músico argentino. Dirigida por Matías Gueilburt y construida a partir de más de un año de seguimiento, material de archivo inédito, actuaciones y conversaciones personales, la producción se estrenará mundialmente el 3 de septiembre en Netflix.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
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El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.