La cosecha
se lanza a las estrellas diferente,
sin miedo, sin avión, sin escafandra:
mi hijo ya no tiene trece años.
Mi hijo ha decidido otra manera
más cierta, tal vez descabellada,
de abrirse por sí solo su camino,
y sale a reafirmar la primavera.
Mi duende soñador ahora es mi amigo,
mi rienda, mi confianza, mi acertijo,
mi espejo justiciero, mi arquero, mi sonido,
mi verdad, mi entrañable compañero.
Mi arroyo pequeñito ahora es un río,
un caudaloso asombro ante el recodo.
Se enfrenta a un huracán y asume el riesgo;
mi hijo no le teme a las batallas.
Mi hijo se me ha ido de las manos,
se crece, se hace dueño de su empeño.
Mi surco hoy me brinda la cosecha;
mi puñado de semillas ha triunfado.
Mi hijo ya no tiene trece años.
Mi hijo ya no quiere ser piloto.
Mi hijo se me ha ido de las manos,
y este doce de octubre sí lo extraño.
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