Como un cirio resfriado
van cayendo como hojas muertas
y en las tabernas de las afueras
los minutos mueren retorciéndose,
aferrados a la barra,
delante de un moscatel.
Y las tardes, desmayándose,
pierden fuerza y pierden vida,
No han comido rabos de pasa
Y se olvidan en seguida
del imperio luminoso
Que se les ha fundido de repente.
Venga, muchacho, déjate de bromas
y margina la risotada,
que los recuerdos pierden las plumas
y han tejido una mortaja
con los hilos de tu sonrisa,
tan amarga como frágil.
Cuando el tiempo estrafalario,
tan astuto como un hurón,
se convierte en funcionario
para pasarte la factura,
tanto da buscarle los tres pies al gato
o esconderte en un rincón.
Nada dura tanto como la bota
de aquel santo de la canción: (1)
siempre hay una última gota,
tarde o temprano la has vertido
y, amigo, es muy jodido
pero ya has dejado seco el recipiente.
Si el amor es un escolio,
ya llenaste el pentagrama.
Ni los de Alá tienen bastante petróleo
para hacer eterna una llama,
y la tuya se ha apagado
como un cirio resfriado.
Sin embargo, ¡huye del mal tiempo!
Nunca redobla ninguna campana
por la muerte de un bello espejismo,
una muerte cotidiana,
tan antigua como el viento
contra el rostro de la gente.
Ahora puedes embarcarte de nuevo
con el olvido como divisa,
pero el barco, tanto si se llama Carmen
como si se llama María o Eloísa,
acabará yendo derecho al fondo:
¡muchos recuerdos a los tiburones!
Referencia a “la bota de Sant Ferriol”, bota mágica que nunca se vaciaba.
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