Balada del gato callejero
sea como un horno comparado conmigo
y, en la caja más barata,
se me lleven al hoyo,
si me tengo que fiar
De un gilipollas u otro,
tal vez me toque reencarnarme
y volver de rebote al mundo.
Pero, señores, no soy tan estúpido
como para pegarle el salto a un escondrijo caliente
y arriesgarme a hacer el cretino
en la piel de un subteniente.
Estoy hasta las narices
del mundo de los humanos:
es uno de los fracasos
más estrepitosos
de un Dios policía,
torpe y obscuro
que merecería
estar en el paro.
Por lo tanto, conscientemente,
rechazo la esencia
del hombre malogrado
y, reivindicando cuatro patas,
digo sin muecas
que quiero ser un gato
(¡un gato callejero y no aburguesado,
caray!)
Yo quiero ser un gato callejero
y mojar el bigote en el caldo
de una oscuridad sazonada
con silencios y bullicio.
Quiero charlar con cuerpos etéreos
que despierten mis sentidos
y me expliquen los misterios
de universos dormidos,
seducir tiernas gatitas
de familias muy solventes
y follar sin manías
proclamándolo a los cuatro vientos
Cuando, más arriba de las cimas,
en el cielo acurrucado,
la luna revuelve
los bolsillos de la noche,
saca de ellos perlas de aire
que tintinean como el cristal,
y ramilletes llenos de aromas
y de miel de romero.
Pero los hombres no están por historias
y se buscan obsesiones
más edificantes,
y ganan dinero, se emborrachan, duermen,
hacen niños o se escapan
clavados a los volantes.
Los gatos callejeros son más ignorantes,
¡vaya bergantes!
Yo quiero ser un gato callejero
y estirar-me y holgazanear,
contar estrellas hasta el alba
y aprender a tutearlas.
Si un deseo tan razonable
no puede ser cumplido
considero despreciable
entrar como cliente en un nicho.
Prefiero no diñarla
y continuar en activo
durante unos cuantos siglos, con la palabra
apoyada en mi canto…
¡A mi no me enredarán!
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