Sin vino no se puede decir misa
solamente cuando van faltos de dinero,
dinero que, por cierto, nunca me rima
con todas las letras del mes.
Y, cuando ya estoy hasta las narices,
solamente las fieles tabernas
me abren los brazos y el corazón
y me aúpan hasta las estrellas.
Una copa de vino a nadie le hace daño,
acaricia las tripas, te sube la moral.
¡Una copa de vino nunca será tan mortífera
como un médico o como un general !
El catre más cosmopolita
es el de mi mujer:
por él pasan desde el israelita
hasta el miembro de la OAP.
Yo les hago la cena y la colada,
me preparo el sofá para dormir
y paso tranquilamente la velada
llenándome los cuernos de vino.
Una copa de vino cierra con llave el local
donde el mal ambiente tiene su residencia principal.
Una copa de vino ilumina el arrabal
del olvido como si fuera una farola.
El vino es un engaño y una ayuda
que nos puede animar a soportar
-como Siva, Jesús, Alá y Buda-
el absurdo de un mundo sin mañana.
Pero antes abandonaré esta vida
después de una trompa como es debido
que a causa de una cirrosis suministrada
por el agua beata y banal.
Una copa de vino es el eterno ritual
del creyente que alza el codo con el cáliz inmortal.
Y es que el vino, buche adentro, es un líquido real,
ya sea blanco, ya sea tinto, tanto da.
La cantante, flautista y compositora catalana Magalí Sare presenta Descasada, un trabajo entre la investigación antropológica y la libertad musical. Sare se sitúa en una escena de mujeres altamente formadas que han redefinido la canción de autor contemporánea.
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