Había un jardín
Era entonces jardín, tiempos ha, esta Tierra,
que brillaba feliz bajo un sol de bondad;
un sol que ahuyentaba del alma la pena
que ilumina la vida en los campos y el mar.
Era ese jardín un bosque, una pradera,
donde un lecho de musgo era un lecho de amor,
desde donde se oían las olas y el viento,
y entre ramas nacía una bella una canción.
Era ese jardín, limpio como la mar,
tierra ardiente, o helada, nos daba la paz.
Nunca fue el Paraíso, mas supo crear
tantas flores sin nombre que curan del mal.
Era entonces jardín, años ha, esta Tierra,
en que un niño podía crecer sin pensar
que pudiera sufrir vejación o miseria,
o reproche por ser distinto a los demás.
¿Dónde está este jardín que jamás conocimos,
donde nunca pudimos nacer ni vivir?
¿Dónde quedó la casa de puertas abiertas
que yo busco y rebusco sin tregua ni fin?
(Traducción literal de la versión catalana de Marina Rossell)
Érase una vez un jardín llamado tierra
que brillaba al sol como fruta prohibida.
No, ni era el paraíso ni era el infierno,
ni nada que antes se hubiera visto u oído.
Érase una vez un jardín, una casa, unos árboles
con un lecho de musgo para hacer el amor
y un arroyo que fluía sin oleaje alguno
pasaba refrescándolo y seguía su curso.
Érase una vez un jardín grande como un valle
donde cualquiera se podía alimentar en todas las estaciones,
en la tierra ardiente o entre la hierba escarchada,
y descubrir flores que no tenían nombre.
Érase una vez un jardín llamado tierra,
era lo bastante grande para alojar miles de niños,
fue habitado antiguamente por nuestros abuelos
que a su vez lo habían heredado de los suyos.
¿Dónde está ese jardín donde hubiéramos podido nacer,
donde hubiéramos podido vivir despreocupados y desnudos?
¿Dónde está esa casa con las puertas abiertas
que busco todavía y no encuentro jamás?
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.