Fum, fum, fum
En la hermosa Nochebuena.
Fum, fum, fum,
al claror de luna llena.
Fum, fum, fum.
Ha nacido un querubín,
sencilla flor, rosa y jazmín,
hijo santo de María,
y nació en una establía.
Fum, fum, fum.
En el portal de Belén.
Fum, fum, fum.
Entre la mula y el buey.
Fum, fum, fum.
En un establo entre pajas
nació un clavel encarnado
que por redimir al mundo
se volvió lirio morado.
Fum, fum, fum.
Traducción literal del versión catalana original:
A veinticinco de diciembre,
Fum, fum, fum,
ha nacido un chiquillo
rubio y blanquito, rubio y blanquito;
hijo de la Virgen María,
ha nacido en un establo,
Fum, fum, fum.
Aquí arriba de la montaña,
Fum, fum, fum,
hay dos pastorcillos,
abrigaditos, abrigaditos,
con la piel y la zamarra,
comen huevos y butifarra,
Fum, fum, fum.
¿Quién dirá la mentira más grande?
Fum, fum, fum,
ya responde el mayoral,
con gran aplomo,
yo haré diez mil zancadas
todas con un solo salto,
Fum, fum, fum.
A veinticinco de diciembre,
Fum, fum, fum,
es el día de Navidad,
muy principal, muy principal.
Al salir de las maitines
haremos buenos cociditos,
Fum, fum, fum.
Dios nos dé unas buenas fiestas,
Fum, fum, fum,
Haga frío, haga calor,
será lo mejor, será lo mejor,
de Jesús hacer gran memoria
para que nos quiera arriba en la Gloria,
Fum, fum, fum.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.