Eso que llaman estar enamorado
le toca al que le toca.
El más prudente puede quedar atrapado
de cuatro patas.
Más de un científico lo ha catalogado
como una enfermedad
que se cura en contacto con la realidad
de cada día.
Los árboles tapan el bosque,
pero es tan bonito que parece mentira.
Siempre es la primera vez
y siempre deja herida.
Quien lo sufre da por sentado
que como aquella morena
no hay otra igual, sin haberlas probado
una por una.
Afirmarán, con ojos de cordero,
que como aquella rubia
no hay otra igual, sin haber salido jamás
de Zaragoza.
Se van perdiendo las proporciones.
Sólo hay un tema de conversación.
Se confunden las ilusiones
con el culo. Y viceversa.
Eso que convierte al feroz en calzonazos
y al viejo en criatura
tiene síntomas muy parecidos al ataque
de locura.
Se atiborra la cabeza. Se reblandece el corazón.
Del infierno al nirvana.
Pero tiene una cosa, quizá, a su favor:
no se contagia.
Para que puede prosperar
no es suficiente con una pareja.
Enamorados tienen que estarlo
ella de él y él de ella.
Lo perseguimos y nos persigue, porque
de vez en cuando funciona.
Es un instante, pero este instante,
sólo este rato,
es una traca que revienta en el pecho.
Es llenar la eternidad.
Es hablar con Dios. Atrapar el infinito.
Eso que llaman estar enamorado.
La cantante mallorquina ofreció en el Palau de la Música de Barcelona, dentro del festival Guitar Bcn, un concierto de intensidad creciente en el que L’aigua no cansa, su nuevo disco, se convirtió en el auténtico centro del repertorio. Arropada por una banda de músicos extraordinaria, Maria del Mar Bonet volvió a demostrar que, cerca de cumplir sesenta años sobre los escenarios y los ochenta de vida, sigue instalada en un momento creativo y vocal fuera de lo común.
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